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Entre estas líneas podrás descubrir un poco más a fondo de donde nace este proyecto
y mi relacón con este país.
Dicen que hay lugares que visitas… y otros que se quedan a vivir en ti.
Para mí, Marruecos es uno de ellos.
@juditBadawi
Entre estas líneas podrás descubrir un poco más a fondo de donde nace este proyecto
y mi relacón con este país.
Dicen que hay lugares que visitas… y otros que se quedan a vivir en ti.
Para mí, Marruecos es uno de ellos.
@juditBadawi
Aquí te cuento mi historia con Marruecos…
cómo empezó todo, lo que despertó en mí y cómo, casi sin darme cuenta, nació Badawi. Todas las experiencias y todo lo que este país me sigue enseñando cada día.
Mi primer encuentro con este país fue en el desierto de Merzouga.
Estuve allí siete días.
Y todavía hoy me cuesta encontrar las palabras exactas para explicar lo que sentí, porque el desierto no se puede contar del todo. No es fácil. No es solo un paisaje bonito, ni dunas infinitas, ni atardeceres que impresionan. Es algo más profundo. Más íntimo. Más difícil de nombrar.
El desierto es como un espejo.
Un lugar que te obliga a verte más pequeña, sí, pero también más de verdad. Porque allí no hay demasiados lugares donde esconderse. No hay ruido constante, no hay prisa, no hay distracciones que te mantengan ocupada. Y cuando todo eso desaparece, cuando el exterior se vuelve tan simple, empiezas a escucharte de una forma distinta.
Recuerdo especialmente las noches.
Ese momento del día en el que todo se aquietaba. El calor de las brasas, el cielo completamente oscuro y lleno de estrellas, las historias compartidas, la música, las risas… y también los silencios. Silencios que no incomodaban, que no necesitaban rellenarse.
Y fue en medio de todo aquello cuando empezó a pasarme algo muy curioso.
Una y otra vez me venía la voz de mi abuelo.
Sus historias.
Su forma de hablar.
La manera en la que me contaba cómo era la vida antes.
Aquella sencillez de otra época que, en el lugar del que yo vengo, se ha ido perdiendo con el tiempo. Aquella forma de relacionarse con la vida sin tanta prisa, con la tierra, con los animales, con lo cotidiano.
Era como si, de alguna manera, me hubiese teletransportado.
Como si ese lugar no fuera tan ajeno como parecía. Como si, en vez de estar descubriendo algo completamente nuevo, estuviera reconectando con algo que ya conocía en otro lenguaje, en otra forma, en otro tiempo.
Y entonces lo entendí.
Marruecos, al menos como yo lo estaba viviendo, no era un mundo tan lejano.
No éramos tan distintos.
Muchas veces pensamos las diferencias desde fuera, desde la superficie, desde el prejuicio o desde la distancia. Pero cuando una se permite mirar de verdad, convivir, escuchar, abrirse… descubre algo mucho más profundo.
Descubre humanidad.
Descubre códigos compartidos.
Descubre que no nos separan tantas cosas como creemos, sino apenas unas décadas, unos ritmos distintos, unas formas diferentes de habitar la vida.
En muy poco tiempo empecé a sentirme como en casa.
Y eso fue lo que más me descolocó.
Porque una se prepara para enfrentarse a lo distinto, pero no se prepara para sentirse acogida de una forma tan profunda. Desde el principio encontré una calidez y una humanidad que me cuesta describir con palabras. No hablo solo de hospitalidad como gesto. Hablo de algo más íntimo, más real.
De esa sensación de que alguien, sin conocerte, te hace un hueco.
Durante aquellos días me sorprendí a mí misma bajando el ritmo. Observando más. Escuchando más. Sintiendo todo con más intensidad. Como si el viaje no me estuviera pidiendo hacer cosas, sino aprender a estar.
A estar de verdad.
A habitar el momento.
Y en esa lentitud empecé a encontrar algo que, probablemente, mi vida llevaba tiempo necesitando sin que yo fuera consciente. Un espacio. Una pausa. Una forma distinta de relacionarme conmigo misma.
Aquel viaje no fue simplemente bonito.
Fue el viaje.
El que lo cambiaría todo, aunque en ese momento yo todavía no lo supiera.
Porque hay viajes que no terminan cuando vuelves a casa. Al contrario, empiezan ahí. Se quedan dentro de ti de otra manera. Se convierten en algo que sigue moviéndose, que sigue creciendo, que sigue haciéndote preguntas.
Y eso fue lo que pasó.
Había algo en Marruecos que no solo me gustaba. Me estaba removiendo por dentro. Me hacía cuestionarme cosas, me abría preguntas que no sabía responder, me colocaba en un lugar distinto.
Y, al mismo tiempo, algo dentro de mí lo tenía claro.
Tenía que volver
Si alguien me hubiera dicho hace unos años que un día terminaría viviendo en Marruecos, probablemente me habría reído.
No porque me pareciera imposible, sino porque jamás había imaginado que un país pudiera llegar a cambiar tanto la dirección de una vida.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que no hubo una única decisión que lo cambiara todo. No hubo un momento exacto en el que dijera: “voy a vivir en Marruecos”.
Fue mucho más sutil que eso.
Después de aquel primer viaje, volví.
Y después volví otra vez.
Cada regreso era un poco más largo que el anterior. Empecé viniendo unos días, después unas semanas y, sin darme demasiada cuenta, aquellos viajes empezaron a convertirse en meses enteros.
Mi vida comenzó a dividirse entre dos orillas.
Volvía a España, pero parte de mí seguía aquí.
Y cada vez que regresaba a Marruecos tenía una sensación muy curiosa: dejaba de sentir que estaba llegando a un país extranjero. Sentía que estaba volviendo a casa.
Al principio intenté entenderlo.
Pensaba que quizá era la emoción de viajar, la novedad, el hecho de estar viviendo experiencias diferentes.
Pero los años fueron pasando y aquella sensación, lejos de desaparecer, se hacía cada vez más fuerte.
Cuanto más tiempo pasaba aquí, menos sentía que estaba de paso.
Y hubo un momento en el que me di cuenta de algo muy sencillo.
Pasaba más tiempo en Marruecos que en España.
Mi vida ya estaba ocurriendo aquí, aunque todavía no quisiera reconocerlo del todo.
Fue entonces cuando entendí que quizá había dejado de venir a Marruecos.
Y había empezado a vivirlo.
Tomar la decisión de mudarme no fue un impulso.
Fue la consecuencia natural de todo lo que llevaba años sintiendo.
No llegué buscando empezar una vida nueva.
Llegué porque, de alguna manera, esa vida nueva ya había empezado mucho antes.
Solo faltaba dar el paso.
Y lo di.
Comenzar de cero en otro país da vértigo.
Sería mentira decir que no.
Significa salir de todas tus referencias. Construir rutinas nuevas, aprender otra forma de vivir, adaptarte a costumbres distintas, descubrir que las cosas no siempre funcionan como estabas acostumbrada y aceptar que eso también forma parte del aprendizaje.
Pero curiosamente nunca sentí que estuviera empezando desde cero.
Sentía que estaba continuando un camino que llevaba años recorriendo.
Hoy vivo en una ciudad del norte de Marruecos.
Es aquí donde tengo mi casa, donde empieza y termina gran parte de mi día a día.
Pero la realidad es que sigo viviendo exactamente igual que cuando empecé a viajar por este país.
Moviéndome.
Porque si algo he aprendido es que Marruecos nunca termina de conocerse.
Siempre hay una carretera nueva.
Un pueblo al que todavía no has llegado.
Una familia con la que compartir un té.
Un mercado diferente.
Una historia que alguien está dispuesto a contarte.
Y creo que eso es precisamente lo que hace que este país nunca deje de sorprenderme.
Después de tantos años sigo sintiendo la misma curiosidad que aquella primera vez.
Cada viaje me enseña algo nuevo.
Cada rincón tiene una personalidad distinta.
Cada conversación abre una puerta que antes no existía.
Y, lejos de acostumbrarme, siento que cada día me enamoro un poco más de este país.
Me enamoro de su hospitalidad.
De esa manera tan natural que tienen las personas de hacerte sentir bienvenida incluso cuando acabas de llegar.
Me enamoro de la importancia que aquí siguen teniendo los pequeños momentos.
De cómo una conversación puede durar horas sin que nadie mire el reloj.
De la costumbre de parar para compartir un té.
De las sobremesas interminables.
De la facilidad para abrir las puertas de una casa.
De esa forma de entender que el tiempo no siempre tiene que ser productivo para ser valioso.
Aquí he aprendido que la vida también sucede en los espacios entre una cosa y otra.
En una conversación improvisada.
En un paseo sin destino.
En sentarte simplemente a observar cómo pasa la gente.
En reír sin prisa.
En dejar que el día ocurra.
Y esa manera de vivir ha terminado transformando también la mía.
No porque Marruecos sea un lugar perfecto.
No lo es.
Como cualquier país, tiene sus contradicciones, sus dificultades y sus desafíos.
Pero precisamente por eso me gusta tanto.
Porque es real.
Porque no intenta aparentar otra cosa.
Y porque, a pesar de todo, sigue conservando una humanidad que me emociona cada día.
Muchas veces me preguntan si ya me siento de aquí.
Y la verdad es que nunca sé muy bien qué responder.
Porque una parte de mí siempre será española.
Pero otra parte, la que he ido construyendo durante todos estos años, ya pertenece también a Marruecos.
Y no siento la necesidad de elegir.
Me gusta pensar que tengo la enorme suerte de sentirme en casa a ambos lados del Estrecho.
Hoy mi vida gira alrededor de este país.
Aquí nació Badawi.
Aquí seguimos imaginando rutas, descubriendo nuevos alojamientos, conociendo personas maravillosas y diseñando experiencias para que quienes viajan con nosotros puedan conocer un Marruecos mucho más auténtico.
Porque ese sigue siendo el corazón del proyecto.
Compartir el país del que yo me enamoré.
Pero hacerlo despacio.
Con respeto.
Con tiempo.
Y con la tranquilidad de saber que los mejores recuerdos casi nunca aparecen cuando todo sale exactamente como estaba previsto.
Aparecen en las conversaciones inesperadas.
En las personas.
En los pequeños gestos.
En todo aquello que no se puede planificar.
Y quizá eso sea también lo que más ilusión me hace de esta etapa.
Ver cómo la familia de Badawi sigue creciendo.
Conocer a personas que llegan como viajeras y muchas veces terminan marchándose como amigas.
Compartir carretera, sobremesas, amaneceres, conversaciones y silencios.
Aprender de cada grupo que llega.
Porque si algo me ha enseñado este proyecto es que no solo somos nosotros quienes enseñamos Marruecos.
Cada persona que viaja con nosotros deja también una parte de sí.
Y eso hace que cada ruta sea distinta.
Que cada viaje tenga alma propia.
No sé cuánto tiempo viviré aquí.
La vida, precisamente, me ha enseñado a no hacer demasiados planes cerrados.
Pero sí sé una cosa.
Mientras siga despertándome con las mismas ganas de recorrer este país, de seguir descubriendo sus rincones, de escuchar las historias de su gente y de acompañar a otras personas a conocerlo desde dentro…
Sentiré que estoy exactamente donde tengo que estar.
Porque, al final, vivir en Marruecos nunca fue mi objetivo.
Fue la consecuencia natural de haber escuchado aquella intuición que un día me trajo hasta aquí.
Y, sinceramente, cada mañana que abro la ventana y vuelvo a mirar este país con los mismos ojos curiosos de la primera vez, siento que aquella decisión fue una de las mejores que he tomado en mi vida.
Hay personas que llegan a tu vida y la cambian.
Y luego están los lugares.
Es curioso cómo hablamos de los países como si fueran solo un punto en el mapa, cuando algunos terminan convirtiéndose en una parte de nuestra historia. No llegan para enseñarte monumentos ni para regalarte unas vacaciones bonitas. Llegan para removerte por dentro. Para hacerte preguntas que nunca te habías hecho. Para enseñarte una forma distinta de mirar la vida.
Eso es lo que Marruecos ha significado para mí.
Nunca imaginé que un país pudiera cambiar tanto la manera en la que respiro, pienso, siento o me relaciono con el mundo. Pero ocurrió poco a poco, sin grandes anuncios, sin momentos épicos. Fue una transformación silenciosa, casi imperceptible, de esas que solo entiendes cuando un día miras atrás y descubres que ya no eres la misma persona que llegó.
Muchas veces me preguntan qué tiene Marruecos para que vuelva una y otra vez.
Y la verdad es que nunca sé responder con una sola frase.
Podría hablar de sus paisajes, de la inmensidad del desierto, de las montañas del Atlas, del Atlántico golpeando la costa o de las callejuelas de sus medinas.
Podría hablar de sus colores, de los mercados, de la arquitectura o de la gastronomía.
Pero sentiría que me estoy quedando en la superficie.
Porque lo que realmente me hizo quedarme no fue nada de eso.
Fue cómo me sentía estando aquí.
Hay algo que cambia en mí cada vez que cruzo el Estrecho.
Es como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que ha llegado a un lugar donde puede relajarse.
Aquí respiro diferente.
Y no hablo solo del aire.
Hablo de esa sensación de que el pecho deja de estar tan apretado. De que la respiración se hace más lenta. Más profunda. Como si, sin darme cuenta, durante mucho tiempo hubiera vivido conteniendo el aire y aquí, por fin, pudiera soltarlo.
No sé si tiene que ver con el ritmo de vida o con la manera en la que las personas entienden el tiempo.
Quizá sea una mezcla de muchas cosas.
Aquí las conversaciones no parecen tener prisa por terminar.
Un té puede durar una hora sin que nadie sienta que está perdiendo el tiempo.
Las sobremesas no son una excepción; forman parte de la vida.
Las puertas de las casas siguen abriéndose con naturalidad.
Los vecinos se conocen.
Las familias siguen reuniéndose.
Los niños juegan en la calle hasta que cae la noche.
Y hay una sensación constante de que la vida todavía ocurre fuera de las pantallas.
Eso me conmovió desde el principio.
Porque me recordó que existía otra forma de vivir.
Una donde lo importante no siempre es producir más, correr más o llegar antes.
Una donde todavía hay espacio para mirar a los ojos, para escuchar sin mirar el reloj y para darle valor a cosas que, en muchos lugares, hemos dejado de considerar importantes.
Aquí aprendí que una tarde compartida puede ser mucho más valiosa que una agenda llena.
Que una conversación puede cambiarte el día.
Que el silencio también puede ser un lugar cómodo.
Y que la calma no es perder el tiempo.
Es recuperar la vida.
Creo que una de las cosas que más admiro de Marruecos es precisamente esa capacidad de detenerse.
De hacer hueco para las personas.
Aquí muchas veces tengo la sensación de que nadie tiene tanta prisa por marcharse.
Y eso cambia completamente la manera de relacionarte.
Las conversaciones son más largas.
Las risas aparecen con más facilidad.
Las visitas no tienen una hora de finalización.
Y los pequeños gestos cotidianos siguen teniendo muchísimo valor.
No estoy diciendo que aquí no existan problemas.
Por supuesto que existen.
Como en cualquier lugar del mundo.
Pero incluso en medio de las dificultades, sigo encontrando una capacidad enorme para sonreír, para compartir, para cuidar de quien llega y para hacer sentir importante al otro.
Esa hospitalidad de la que tanto se habla no es un gesto preparado para el turista.
Es una forma de entender la vida.
Y eso se siente.
Se siente cuando alguien te invita a un té sin esperar nada a cambio.
Cuando una conversación improvisada termina durando dos horas.
Cuando una familia insiste en que te sientes a comer aunque apenas te conozca.
Cuando descubres que compartir no es una excepción, sino algo cotidiano.
Creo que esa ha sido una de las mayores lecciones que Marruecos me ha regalado.
Entender que la riqueza de un lugar no siempre se mide por lo que tiene.
Muchas veces se mide por cómo hace sentir a quien llega.
Y este país tiene una capacidad inmensa para hacerte sentir bienvenida.
Con el paso de los años me he dado cuenta de que Marruecos no solo ha cambiado mi forma de viajar.
Ha cambiado mi forma de vivir.
Me ha enseñado a bajar el ritmo sin sentir culpa.
A disfrutar de lo sencillo.
A encontrar belleza en lo cotidiano.
A dejar de querer controlarlo todo.
A aceptar que algunas de las mejores cosas de la vida aparecen precisamente cuando dejamos espacio para que sucedan.
Hoy vivo aquí.
Y, sin embargo, sigo sintiendo la misma ilusión cada vez que recorro una carretera nueva, descubro un pequeño pueblo o vuelvo a sentarme a compartir un té con alguien.
Después de tantos años, Marruecos sigue sorprendiéndome.
Sigue enseñándome.
Sigue haciéndome preguntas.
Y sigue recordándome, cada día, que vivir no consiste solo en llenar el tiempo.
Consiste en aprender a habitarlo.
Quizá por eso muchas personas me preguntan si algún día volveré definitivamente a España.
Y la verdad es que no tengo esa respuesta.
Lo único que sé es que hoy mi vida está aquí.
Que aquí he encontrado una paz que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Que aquí siento que respiro de otra manera.
Y que cada mañana, cuando salgo de casa y empiezo un nuevo día en este país, sigo teniendo exactamente la misma sensación que aquella primera vez.
La de estar en el lugar correcto.
Porque Marruecos no solo cambió mi vida.
De alguna manera, me enseñó a vivirla con más calma, con más presencia y con más verdad.
Y ese regalo, sinceramente, creo que me acompañará para siempre.